

Gritaban las ramas al viento.
Mis piernas temblaban al oírlas.
Veía la luz del sol cambiar tu cara a cada movimiento.
Los rayos se colaban a través de las hojas,
cuchillos en tus ojos.
Te reías.
¿Te dabas cuenta de que te estaba mirando? No podías… Tenía ganas de gritar yo, ese día, para que me vieras. Mi voz no tenía sonido, sofocaba el pensamiento en mi garganta… ¿Qué verdad es esa que no tiene palabras? ¿Cuál es la realidad? ¿Qué libertad es esa si no es otro tipo de esclavitud, una jaula dorada donde engordamos pensamientos fanáticos y anárquicos, una etiqueta más?
En silencio, me aparté de ti, sin ruido, sin protestas. Al final siempre se trataba de ti o de mí.
Ese último fotograma, ese instante, lo quemé con el resto de mis días. Te había avisado… Lo hicimos juntos: nuestra jaula, la pintamos de oro y plata, le dimos luz tú y yo, ¿no fue así? Pero yo seguía viendo las rejas, hermosas las veía. Mi voz no tenía sonido para ti, no me veías sino a través de tu idea de mí, esa mujer que te habías imaginado que yo era. Solo estaba un poco loca: la artista, la visionaria… la Alicia del país de las maravillas. Esa era yo, y mucho más…
En el silencio de una noche me fui… ¿Qué importa ahora?
Empecé a caminar. Recorrí calles y senderos, adentrándome en el bosque, apartando las ramas que me cortaban las piernas desnudas; sangraba… Detrás quedaban mis huellas. Fui andando cuatro días y cuatro noches sin parar, sin detenerme, sin beber, sin comer… Ese era mi sueño. Bendecía las lluvias cuando tenía sed y el calor del sol cuando tenía frío. Agarraba la tierra, la olía cuando creía que me iba a morir, y abrazaba los árboles cuando la tierra no era suficiente para mantenerme de pie…
Ese fue el último día de mi vida precedente.
Me encontré tendida debajo de un árbol, me despertó el río que jugaba a cuesta de la colina. Me cantaba al oído: “Mi niña, es hora de abrir los ojos.” Bajé hacia él, bebí, me lavé las heridas y la cara, lloré con él. Entre sus brazos encontré el camino de vuelta.
Estoy viva, “estás viva” me decía el río, el viento gritándome: “Ahora eres libre.” Ninguna reja, ningún pensamiento. En el centro de mi pecho tocaba un tambor de piel de ciervo blanco y el sol jugaba a las sombras delante de mis ojos.


